miércoles, 12 de agosto de 2015

Relato de un capítulo del segundo libro de mi trilogía LA ESPADA DE CRISTAL

Muy buenos días, mis queridos y fieles lectores.
Hoy os traigo un relato de un capítulo de mi trilogía, "La espada de cristal". Este relato me mandaron hacerlo en el curso de Taller de Escritura Creativa de www.yoquieroescribir.com en donde me matriculé en 2010. Aparece en el libro junto con los relatos de mis compañeros. Si alguno de vosotros lo quiere tener, aquí os dejo el enlace de compra: 
http://www.bubok.es/libros/201789/Taller-de-Escritura-Creativa-Vol-18--Noviembre-2010-YoQuieroEscribircom 
Espero que os guste ¡y no os olvidéis de comentarme qué os ha parecido! Adiós, amigos. 

***

Aquel día marcó para siempre la vida de Sheila. Sus padres tenían que marcharse de viaje por negocios, eran empresarios, y no querían que Sheila se quedase sola en casa. No es porque no confiaran en ella, sino porque contaba con diez años de edad. De ser más mayor la hubieran dejado a sus anchas. Sus tíos vivían en otro país y la única persona de toda la familia con la que podían contar era con su abuelo Matías.
Éste inspiraba un breve temor a Sheila, pues era reservado y callado y apenas hablaba con ella.
Sheila no quería pasar el mes con su abuelo, alejada kilómetros y kilómetros de la ciudad y sin sus amigas, pero no tenía otra opción que resignarse a estar en la casa de campo de su abuelo. En realidad la casita era acogedora y de esas de montaña, tan bonitas. Tenía dos pisos, una buhardilla y un hermoso jardín bien cuidado salvo una zona llena de maleza cercada con un muro con una enredadera y una puerta oxidada con un candado que dejaba bien claro que nadie podía ir a esa parte del jardín. Matías se ponía nervioso si veía a alguien rondando cerca del muro.
Sheila no entendía el por qué de su comportamiento pero no se atrevió a preguntarle hasta aquel día. Llegaron por la noche tras un día entero de viaje en coche. Como siempre, Matías premaneció distante y frío cuando recibió a su nieta.
Sheila se despidió de sus padres, triste por no poder quedarse en casa de alguna amiga, cargó con su maleta y siguió a Matías hasta su nueva habitación. Allí deshizo su equipaje y seguidamente bajaron a la cocina a cenar. Una cena con un silencio incómodo. Finalmente, ambos se dieron las buenas noches y se acostaron. A la mañana siguiente, después de desayunar tan silenciosamente como en la cena anterior, Sheila salió al jardín. Sentía tal aburrimiento que se sentó en las escaleras de madera de la entrada trasera de la casa. Vio a su abuelo cortando leña con el hacha muy enérgicamente. Se acercó a él y le contempló mientras trabajaba. _¿Qué estás mirando?-preguntó bruscamente Matías.
_Sólo quiero ver qué haces.-contestó Sheila.
_Pues cortar leña. ¿Qué crees que hago, eh?
_Vale, vale. No te pongas así. Oye, ¿por qué no juegas conmigo?
_Lo siento, Sheila.-dijo Matías dando un fuerte golpe de hacha a un tronco seco.-Tengo mucho trabajo. Juega tú sola.
_¿Y no te apetece llevarme al tiovivo de la plazoleta del pueblo?
_¡No! ¡Ya te he dicho que tengo cosas que hacer! Vete a jugar por ahí y déjame tranquilo.-cortó Matías. Sheila marchó triste y cabizbaja. No se atrevía a molestar más a su abuelo. Anduvo por el jardín sin saber qué hacer para distraerse.
Vio el muro con la enredadera. Sabía que no podía acercarse allá pero ya se sabe la curiosidad de los niños. Se volvió para mirar a su abuelo. Éste estaba tan absorto cortando la leña que ni se había enterado de que Sheila estaba en la zona prohibida del jardín. Sheila aprovechó para echar una ojeada asomándose por los barrotes de la puerta oxidada. Era un lugar desolador, como si en esa parte del jardín el viento no soplara ni la luz del sol entrara. La maleza de la hierba llegaba a la cintura y tenía un color amarillento y grisáceo. Árboles podridos y desnudos rodeaban a ambos lados un caminito embarrado que conducía a un pozo que permanecía en el centro de aquel lugar.
Una voz como venida del más allá provino del interior del pozo pronunciando el nombre de Sheila, cosa que a ésta le asustó, le hizo estremecerse y correr al interior de la casa.
A la hora de la comida, Sheila por fin cortó el silencio incómodo de esos momentos con su abuelo: 
_Abuelo, ¿por qué hay una zona del jardín cerrada?
Matías miró un momento a su nieta y después contestó:
_No se puede ir a esa zona del jardín. Nadie puede. Y no quiero verte por allí merodeando, ¿de acuerdo? _¿Pero por qué, abuelo?-insistió Sheila. 
_Porque es peligroso estar ahí dentro.-contestó Matías tras un suspiro. 
_¿Lo dices por el pozo? 
Matías pegó un fuerte puñetazo a la mesa haciendo temblar a Sheila. 
_¡Mira, Sheila! No quiero ponerme a malas contigo porque eres mi nieta al fin y al cabo. No se puede ir a esa zona del jardín. Por eso mismo del pozo, es una zona peligrosa. ¿Qué pasaría si te cayeras dentro, eh? ¡No se puede entrar ahí! ¿Te quedó claro? 
Sheila asintió en silencio. Terminó de comer y se levantó. Antes de irse miró a su abuelo y dijo: 
_Perdona si te ofendí, abuelo. 
Matías gruñó indiferente encendiéndose una pipa. Sheila subió a su cuarto y se echó en la cama mirando al techo de madera. Tenía tal aburrimiento en la casa de su abuelo que finalmente acabó durmiéndose. Despertó a la una de la madrugada. 
Sheila no podía creerse que hubiera dormido tanto. Se desperezó y miró por la ventana. El jardín estaba muy oscuro. Pudo ser el momento idóneo para ir a la zona prohibida del jardín, mientras Matías dormía entre ronquidos, de no ser porque a Sheila le daba miedo la oscuridad. Decidió levantarse cuando amaneciera, a las seis de la mañana, antes de que su abuelo se levantara una hora y media después. Y así lo hizo. Puso la alarma en su reloj digital de pulsera y se obligó a volver a dormir. 
Cuando por fin llegó la hora señalada, Sheila salió a hurtadillas de la casa. Su abuelo dormía a pierna suelta y no la había sentido. Sheila corrió desde la casa hasta el muro de la enredadera de la zona prohibida del jardín y lo saltó. Una vez dentro volvió a echar una ojeada a la casa del abuelo. Todo estaba tranquilo. Sheila sintió una brisa gélida procedente del pozo y volvió a escuchar la voz como en distancia: 
Sheee... ila... Shei... laaaa... Sheila... Sheiiilaa... 
Sheila volvió a sentir miedo, pero se obligó a sí misma en permanecer quieta en el sitio. Caminó hacia el pozo con curiosidad, y se asomó al interior. 
No había agua dentro y estaba muy oscuro. 
De pronto, un punto luminoso apareció en el lejano fondo del pozo que hizo extrañarse a Sheila. 
_¿Qué será éso?-pensó Sheila. 
Una sacudida de aire frío recorrió el pozo hasta llegar a Sheila haciéndole resbalar y caer al interior. _¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Abuelooooo!!!-gritó mientras caía. 
Tras varios minutos cayendo en la oscuridad del pozo, Sheila sintió que se daba de bruces contra algo duro. Sacudió la cabeza, frotándose el cuerpo y después miró a su alrededor maravillada. 
Se hallaba en un pueblecito medieval con montañas y un castillo a lo lejos, un puente de piedra y un río de agua cristalina no muy profundo. 
_¿Dónde rayos estoy?-se preguntó Sheila atónita de lo que estaba viendo. 
_En la ciudad de Asteillo.-le contestó una voz infantil.-Oye, ¿estás bien? ¿Te has caído? 
Quien así le hablaba era un muchacho rubio de unos once años. A su lado estaba una niña, también rubia, con trenzas, de doce años y que la miraba con curiosidad. 
_¿Estás bien? ¿Te duele algo?-volvieron a preguntar los dos niños. 
_Sí, sólo es el brazo derecho. No os preocupéis.-contestó Sheila. 
Los dos niños se miraron, sonriendo aliviados. 
_Oye, ¿cómo te llamas?-dijo la niña. 
_Sheila.-contestó Sheila.-¿Y vosotros? 
_Yo soy Lillian.-respondió la niña.-Y él es mi hermano, Crom. 
_Encantada.-dijo sonriente Sheila. 
Los niños observaron con curiosidad a Sheila mirándole su jersey de lana, sus pantalones vaqueros y sus zapatos deportivos. 
_¡Qué ropa tan rara llevas, Sheila!-dijo Crom. 
Sheila rió tímidamente. 
_¿De dónde eres? Creo que no eres por aquí, ¿cierto?-preguntó Lillian. 
_Soy de Córdoba.-contestó Sheila. 
_¡Guau! ¿Dónde queda éso exactamente? Seguro que vienes de un país muy lejano...-dijo Crom. 
_Bueno... En realidad... Me resbalé y caí dentro del pozo del jardín de mi abuelo. No sé cómo llegué aquí.-contestó Sheila mirando al cielo en busca del agujero del pozo. Pero no se veía más que el cielo azul. _¿Pozo del abuelo?-se extrañó Crom. 
_Me parece que te has dado un fuerte golpe en la cabeza, Sheila.-dijo Lillian cogiéndola del brazo y apoyándola junto a la pared de una posada.-Mejor será que te recuperes y... 
_¡Pero es verdad lo que os digo! ¡Resbalé y caí dentro del pozo de mi abuelo!-excalmó Sheila. 
De pronto, oyeron un ruido de cascos. Se giraron y vieron a un jinete de negra armadura cabalgando en su corcel negro y siendo perseguido por soldados del castillo también montados en sus caballos. 
_¡Es un caballero negro! ¡Sálvese quien pueda!-gritó un hombre que estaba frente a la taberna y la posada. _¡Alto a la guardia real!-gritaba también el comandante de los soldados.-¡He dicho que se detenga! 
La gente de Asteillo corrió temerosa a encerrarse en sus casas. Los soldados del castillo se dividieron por grupos para acorralar al caballero negro. Finalmente, lo consiguieron pues le rodearon en el puente del río para quitarle algo que había robado del castillo.

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